Reflexión personal ¿Qué es el baloncesto?
- 16 mar
- 4 Min. de lectura
Entreno baloncesto desde los 14 años. Lo escribo y me sorprende. No por el número, sino por todo lo que pesa detrás. Durante mucho tiempo lo dije sin pensar, como quien dice “llevo muchos años en esto” y ya. Pero cuando bajo el ruido y me escucho de verdad, entiendo que el baloncesto no ha sido un capítulo: ha sido el hilo.
No empezó como un plan. Empezó como empiezan las cosas importantes: estando. Haciendo de delegado en un equipo preinfantil, ayudando donde tocaba, aprendiendo sin saber que estaba aprendiendo. Sin grandes pretensiones. Sin imaginar que aquello me iba a ordenar por dentro. Y un día, casi sin avisar, dejó de ser algo que hacía y se convirtió en algo que era. Una manera de vivir que no todo el mundo entiende. Y no pasa nada: hay formas de vida que solo se reconocen entre quienes sienten lo mismo.
He pasado por muchos clubes y muchas pistas. Y cada pista tiene su olor, su luz, su frío y su ruido particular. Pero lo que más recuerdo no es el parqué: son las personas. Entrenadores que me marcaron sin proponérselo. Coordinadores que me obligaron a pensar. Jugadores que me enseñaron más de lo que yo a ellos, porque a veces el aprendizaje llega cuando te ves reflejado en otro y no te gusta del todo lo que ves. Por eso nunca quise acomodarme. Por eso me repetí muchas veces el “¿por qué?” aunque fuera incómodo. Investigar, formarme, equivocarme, volver a empezar. Entrenar, para mí, nunca fue solo dirigir un equipo. Fue (y es) un proceso continuo de aprendizaje personal.
Desde 2002 mi camino está muy ligado a una ciudad: Mataró. Y decirlo así suena simple, pero no lo es. Mataró significa etapas largas, decisiones que pesan, rutinas que te sostienen y momentos que te rompen un poco. UE Mataró y Boet Mataró han sido, en muchos sentidos, los pilares de este recorrido: 16 temporadas en uno, 8 en el otro, en diferentes momentos. Los números no dicen casi nada. Detrás hay horas de coche, entrenos interminables, domingos con el estómago cerrado, derrotas que te persiguen hasta casa y victorias que se celebran poco porque al día siguiente el baloncesto te pide otra vez: “vuelve”.
Recuerdo mis inicios en el colegio salesiano Sant Joan Bosco de Horta, en Barcelona. Once temporadas que me construyeron sin que yo fuera del todo consciente. Después llegó La Salle Bonanova: dos años intensos, de asumir más, de aprender con prisa. Y más tarde el regreso a Horta desde otro lugar, con otra responsabilidad, combinando coordinación y banquillo. Dos temporadas más y esa sensación extraña de cerrar un ciclo que te ha definido.
A partir de ahí el camino se ensanchó y se volvió más diverso: Santa Caterina de Siena, Santa Rosa de Lima, UB Sabadell, CN Sabadell, Jesús María Sant Gervasi, El Masnou, CB Parets, UE Mataró, Salesians Mataró, Boet Mataró, de nuevo UE Mataró y ahora CB Boet Maresme Mataró. Cada escudo, cada vestuario, cada grupo me dejó algo. No todos los proyectos fueron fáciles. No todos salieron como imaginaba. Pero todos fueron necesarios. Porque a veces lo que te forma no es lo que sale bien, sino lo que te obliga a recolocarte por dentro.
Ser coordinador o director técnico también me cambió la mirada. Te hace entender que el baloncesto no es solo lo que se ve. Que la parte que de verdad sostiene un proyecto casi siempre ocurre lejos de la grada: decisiones pequeñas, conversaciones difíciles, coherencia en el día a día, paciencia cuando nadie tiene paciencia. Es un tipo de trabajo silencioso que no se aplaude, pero que se nota con los años.
Los campus y las tecnificaciones fueron otra pieza importante. Espacios donde el baloncesto se convierte en algo más que una temporada. Donde se enseñan hábitos, valores y maneras de estar. Por eso también organicé campus, y por eso valoro tanto esas semanas: porque a veces una conversación en un campus deja más huella que un partido.
Colaboro con el Comitè Tècnic de la Federació Catalana de Bàsquetbol y, aun así, después de tantos años, sigo sintiendo que me queda muchísimo por aprender. Y quizá eso sea lo más honesto que puedo decir: cuanto más tiempo llevo, más consciente soy de lo complejo que es este oficio. Porque el baloncesto no son solo cuarenta minutos. Es lo que ocurre antes, lo que queda después y todo lo que pasa por dentro. Y aunque a veces cansa, aunque no siempre sea fácil, no sabría vivirlo de otra manera.
Mi manifiesto (para recordarme por qué sigo)
Creo en el baloncesto como una forma de formar personas, no solo jugadores.
Creo en el proceso cuando nadie lo mira. En el trabajo bien hecho aunque no tenga premio inmediato. En la paciencia que se gana a base de golpes.
Creo que entrenar es acompañar, exigir y escuchar. Y que exigir sin acompañar es ruido, pero acompañar sin exigir es abandono. Creo que cada jugador que entra en un vestuario merece un adulto responsable, no solo un técnico con pizarra.
No entiendo este deporte sin compromiso, sin pasión y sin honestidad.
No creo en los atajos ni en los discursos vacíos. Creo en el entrenamiento que construye hábitos, en el error como parte del camino y en el aprendizaje como una obligación constante.
Defiendo un baloncesto con identidad. Con valores. Con coherencia.
Un baloncesto donde ganar importa, sí, pero nunca más que respetar el juego y a las personas. Donde el “cómo” pesa tanto como el resultado.
Sigo aquí porque todavía tengo preguntas.
Porque sigo aprendiendo. Porque cada temporada me pone delante una nueva versión de mí mismo: a veces mejor, a veces no tanto, pero siempre real.
Este es mi baloncesto.
Este es mi camino.
Y mientras tenga algo que aportar y algo que aprender… seguiré entrenando.

Comentarios