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Cuando el resultado pesa más que el jugador

  • 15 mar
  • 2 Min. de lectura

Durante años he vivido el baloncesto desde dentro: entrenamientos, partidos, reuniones, decisiones rápidas y muchas emociones. Sin embargo, tras varias semanas de parón voluntario —después de dejar toda actividad en el club donde ejercía como director técnico y entrenador— he podido tomar distancia. Y esa distancia, a veces, es necesaria para ver con claridad una realidad que preocupa profundamente.


Hoy, el baloncesto de formación está sometido a una presión excesiva. Una presión que poco o nada tiene que ver con lo que debería ser el verdadero sentido del deporte base.


Hemos normalizado un modelo en el que ganar es lo único que importa. Ganar por encima del proceso, por encima del rival y, lo que es más grave, por encima del propio jugador. Si no se gana, se considera un fracaso. Y ese mensaje, repetido una y otra vez, termina haciendo daño. Daño a los chicos y chicas que deberían estar aprendiendo, no sobreviviendo.


Uno de los grandes problemas de este enfoque es la falta absoluta de paciencia. Se habla mucho de proyectos, pero se confía poco en ellos. No se respetan los tiempos de crecimiento ni se entiende que formar jugadores no es una carrera de velocidad, sino de fondo. En este contexto, se empieza a etiquetar a los jugadores desde edades muy tempranas: este vale, este no; este llegará, este se quedará por el camino. Y esas etiquetas, una vez colocadas, pesan durante años y condicionan la evolución de cualquier deportista.



Otro síntoma preocupante es la tendencia a buscar fuera lo que no se trabaja dentro. Parece más sencillo fichar al jugador determinante del equipo rival que invertir tiempo y esfuerzo en desarrollar a los jugadores propios. Se olvida algo fundamental: sí se puede competir con lo que tienes, pero requiere trabajo, coherencia y convicción.


Lo sé porque lo he vivido. Equipos formados únicamente con jugadores del propio entorno, compitiendo durante temporadas contra canteras de máximo nivel. No había secretos, ni atajos. Solo trabajo. Mucho trabajo. Y la aceptación de una realidad que a veces incomoda: no se pueden tener doce cracks en un mismo equipo.


Además, no todos los jugadores deben jugar al máximo nivel de cada competición. Para eso existen los distintos niveles. El problema es que hoy nadie quiere esperar, nadie quiere aceptar procesos intermedios. Y, sin embargo, cada niño y cada niña tiene su propio ritmo de aprendizaje, físico, técnico y emocional. Y ese ritmo no es negociable, por mucho que el calendario o la clasificación aprieten.



El cambio que necesita el baloncesto de formación no depende únicamente de los entrenadores. Los clubes deben replantearse sus modelos de gestión, dejando de medir el éxito exclusivamente en victorias. Y las familias, con la mejor de las intenciones, deben entender que la paciencia también forma. Que acompañar es más importante que exigir resultados inmediatos.


Quizá ha llegado el momento de frenar un poco, de mirar alrededor y de preguntarnos si el camino que estamos siguiendo es realmente el correcto. Porque si el objetivo del baloncesto de formación es crear mejores jugadores —y mejores personas—, entonces deberíamos recordar algo esencial: el proceso importa tanto como el resultado.

Comentarios


 opinión: 

 

Acostumbro, desde mis inicios, a entrenar, sobretodo, equipos de formación. Entiendo que la formación es la base que tiene cada jugador para construir su manera de expresarse en la pista.

Lo que será el jugador cuando llegue a senior depende de lo que se haya trabajado con él en edades tempranas de formación.

Actualmente hay una tendencia a apostar por los resultados y los títulos a costa de ese tiempo de formación.

 próximos eventos: 

 

Campeonato de España de Selecciones Autonómicas de Minibasket (San Fernando)

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